De
entrada
Insonoro
verbo fue
el poemario ganador del Premio Único
de Poesía del concurso literario que auspicia la Fundación Global, Democracia y
Desarrollo -FUNGLODE-, 2019. El libro fue escrito por Rafael Román Féliz, quien
obtuvo en el 2016 el Premio de Poesía Joven de la Fundación Cultural Lado B
con Diccionario para ociosos y el Premio Joven de Poesía de la
Feria del Libro en 2019 con Brevedad del Infinito. Es
psicólogo clínico y pertenece a la Policía Nacional.
El
poemario está dividido en dos bloques. El primero, “Premonición del verbo
insonoro”, que consta de ocho poemas donde se incluye: “La insólita raíz”,
“Interregno”, “Inversa lluvia”, “In- verso”, “La vida”, “Geómetra”, “Perpetuo
hastío” y “Precoz locura”. El segundo bloque, que intitula “Retorno a la
incertidumbre”, el autor presenta treinta y un poemas, donde se destacan:
“Incertidumbre”, “Origen”, “El comienzo de los tiempos”, “Metamorfosis”,
“Voces”, “Ambigüedad”, “Tránsito”, entre otros. Están escritos en forma de
poesía prosada y aparece un verso escrito a pie de página. El autor toma todos
esos versos del pie de página y elabora un poema final con treinta y nueve
versos.
En
la contraportada del libro dice: “Insonoro verbo es un poemario concebido a
partir de abigarrados y desafiantes bloques textuales prosados, que permiten
una lectura atenta por su hondura ontológica”. Y ciertamente, estamos ante unos
poemas que su lectura provoca un gran desafío, por la construcción del discurso
poético, la profunda imaginación expresada, la carga filosófica y metafísica
que posee. Ante esta situación, la aventura del lector es provocante en algunas
ocasiones y en otras la provocación se vuelve un desafío. En tanto, se descubre
el duelo entre el arte y los sentidos que expresa el texto.

¿Dónde
se encuentra el insonoro verbo?
Como en
otras ocasiones en este caso de Insonoro verbo, deseo analizar el
título que identifica al libro. De hecho, está compuesto por dos palabras:
insonoro y verbo. Dos palabras asociadas con el sonido, las vibraciones y el
movimiento. En la palabra insonoro, alude a la ausencia de sonidos, y verbo, a
acción y movimiento. Todo uso del verbo en los textos supone ese núcleo de la
acción. Y toda acción es movimiento. El movimiento supone cierta vibración.
Todo vibra, se ha llegado a decir y toda vibración produce, ondas, sonidos. Por
eso hay quienes entienden que el mundo es sonido y otros más poéticos y contemplativos
aseguran que todo es música.
Ahora
bien, ¿dónde puede existir un verbo que no sea capaz de producir movimiento, de
generar catarsis, transformaciones? Sí, existe en un lugar para el
autor, allí donde se produce un estado poético, que puede estar en un mundo
tetradimensional o en un páramo onírico o la muerte misma. Que puede estar en
el lejano subconsciente del poeta, donde el verso es la casa “con su patio de
infinitos”. Pero para llegar allí debe poseerse una condición especial, donde
el poeta pueda hundirse sobre el verso: “El eterno don de hundirse sobre el
verso, letras vertidas en miles de origamis pastoreados por un escriba ciego…”
(p. 15).
En
medio de todo, hay que fluir, dejarse llevar, en el inicio de los tiempos, en
el preciso momento en que la imagen es capaz de crear: “Fluir en la secreción
del alba derramada en el tiempo, como una imagen que detona una forma, una
figura plana o convexa, una deidad deforme” (p. 15). Esa imagen que multiplica
las formas trae consigo a una deidad deforme. Aquel dios que ha salido del
estallido es al que tiene que entregarse el poeta, que es parto de la nada, de
la ausencia. Un dios que está en un “reflujo onírico”. Un poeta o criatura que
en sus sueños es asediado por animales nocturnos y aspira a emerger de esa
deidad y tragar su sangre. Es ahí cuando viene la confusión en ese mundo donde
se alucina, donde hay una búsqueda del yo. En esa génesis el poeta expresa: “Me
deconstruyo, soy polvo tan tangible al parto de la ausencia que me despierta y
me mece en sus brazos y me llama hijo en un reflujo onírico” (p. 15).
En
el poema “Interregno” y en todos los poemas encontramos a un poeta que tiene
por torrente las palabras, las cuales deja salir, unas veces con cargas
metafóricas y figuras capaces de subvertir los sentidos, orillando al lector a
lagos profundos de donde salen las más insólitas figuras e imágenes, como: “Una
montaña de ataúdes”, un “cuervo volviéndose humo y espuma a la vez”, “cadáveres
y reinos convertidos en pisadas de cenizas”, “… paralelas palpitaciones fijadas
en las fisuras de su embarazo de óxido”, entre otras.
La
región etérea
¿A cuál
región remota nos convoca el autor de Insonoro verbo? ¿Está ubicada
de este lado de la realidad o es un habitante de mundos que solo él puede
anidar a partir de su experiencia onírica, esotérica o metafísica? El poeta nos
da una pista en el prólogo, nos presenta a un ser dual y uno de ellos está en
la región de los registros akáshicos. En teosofía, estos registros, son
memorias etéreas de todas las manifestaciones del universo, donde se plantean
las técnicas para “sanar o liberar el karma” —tema que ha sido tratado por
Helena Blavatsky— y estudiado por Carl Jung con teorías del inconsciente
colectivo, y vista también, desde la física cuántica.
Nos
comenta el autor que el texto es “Un esfuerzo gramático que pretende hacerse
notar con su caudal de no sonidos, capaces de impresionarnos con sus constantes
golpes de lúgubre mudez” (p. 11), aunque a lo largo del poema se perciben
fuertes vibraciones, sonidos, aleteos: “donde se ensordecen las palabras” (p.
22), “un grito que se avienta desde las frías lápidas que saltaron al otro
mundo” (p. 26), entre otros tantos.
En
ese lugar etéreo de referencia en los estudios gnósticos, donde existen tantas
posibilidades y arcanos herméticos. Esos versos emergen de la incertidumbre,
vienen en bloques poéticos con una carga desafiante, con un vértigo de imágenes
de hondura y significación mítica y mística. Esa es la región del verbo que es
puesta en tinta sobre el papel. En ese lugar encontramos la “Inversa lluvia”
donde se pueden “tocar los techos torcidos de insonoros truenos infinitos” (p.
19), donde los pájaros hacen la lluvia: “Mirar los pájaros encima del universo
en su actitud humedecida, no hacen el amor, hacen la lluvia” (p. 19).
Locura
y consumación.
En el
poema “Precoz locura”, que es el último del primer bloque, ya el poeta nos
habla de la consumación “… me he consumado, ya lo he hecho y dicho todo” (p.
30). Pero, ¿cómo lo ha hecho? Pasa por una metamorfosis: “Mis puños se han ido
con las aguas, se hacen yeso…” (p. 29), tiene la sensación de estar partido en
dos y no puede verse el otro lado del cuerpo. Entonces, viene el conflicto del
origen, “¿de dónde soy?, ¿quién hizo en el barro estos agujeros por donde mi
voz germina?” (p. 29). Y reconoce que se ha convertido en un ser capaz de
“succionarle el pecho a la muerte”, el que desea no dormir y ser ese demiurgo
miserable, hacedor de mundos; un mago, quizás un mago negro, que fue arrojado a
los infiernos y su nombre, cual mantra está ligado a todas sus
desgracias. Aquí se produce un diálogo ente la locura y la
arrogancia, donde la locura, hija de la irrealidad, expresa que las cosas
reales duelen.
El
poeta revela un ser encarnado y aunque ha supuesto una premonición del verbo,
niega que le guste predecir. En ese cuerpo puede apreciar “la abertura del tiempo
y el espacio” (p. 29). Y en ese lugar divaga entre las sombras, avistando del
otro lado: “la vida y sus naufragios”. Afirma que “Si la muerte es la vida, las
palabras nunca sucedieron” (p. 30).
Retornar
a la incertidumbre.
De
hecho, hasta ahora hemos asistido a actos de perplejidades en los poemas del
bloque “Premonición del verbo insonoro”. Hemos andado por mundos de
irrealidades y entrado a otras regiones donde el poeta se construye y se
describe en un hábitat de otra realidad. Una realidad onírica, donde se
aprecian criaturas insólitas, la vida naciendo bajo piedras fosilizadas y la
memoria es una casa deshabitada. Retornar a la incertidumbre sugiere que
pasamos por ella, donde se generaron inquietudes. Y ciertamente, en el primer
bloque de poemas, asaltan las inquietudes sobre las regiones a las cuales nos
adentra el autor, las descripciones de lugares y alteridad del poeta. A veces
nos lanza a zonas insólitas de la imaginación y el lenguaje, donde es difícil
la penetración, llegando el lector a verse frente a frente con cortinas de
perplejidades. Esto sucede por lo inescrutable que son esas regiones, por lo
desafiante que son, como lo expresara anteriormente. Ahora bien, el poeta en
algún momento del texto revela que por esos caminos conducen a la poesía y que
va por ella para desnudarse: “No hago camino que desnudo, ese es el camino de
la poesía, yo voy a ella para desnudarme” (p. 24).
Ahora
iremos a otras regiones, hay que retornar a la incertidumbre, pero para eso el
poeta sugiere otro nacimiento, que puede ser el primero: “He nacido luego de
todo el silencio que sorteó los mares y vino a las orillas y esperó la vida en
un dominio oscuro y humedecido, una milenaria afonía…” (p. 33).
En
el poema “Origen” el poeta nos arrima a un paisaje desconcertante, ¿Será a la
región de los registros akáshicos?
Trepado
a un zumbido, viaja en una especie de vuelo astral a ese lugar de “sueños
olvidados”, colocado en una especie de submundo o inframundo, debajo de estalactitas,
donde el tiempo deja de tener sentido, poblado de un carnaval de muñecas sin
extremidades y mariposas suicidas, donde hacen falta los colores y las pisadas.
Un lugar donde todo está muerto, con la certeza de que “si desangro el verbo
del auxilio y no callo, es seguro que los brillantes volverán, ya nada será
cierto” (p. 38). Y será la hora de la perplejidad y del retorno a la
incertidumbre.
El
desdoblamiento está expresado en el siguiente ejemplo del poema
Inadvertido: “¿Temo al sujeto que vive en mí, el sujeto que sale de
mí, del temple iracundo que me habita? A veces converso con él, insolente ebrio
habla de lo que no hablo y mira lo que despierto no deseo mirar” (p. 69).
Dormitar con el humo
Pero ese verbo no es pronunciado, se resiste a la incertidumbre para
construirse como ser. El poeta ha callado en ese momento, en ese lugar. Es en
el poema “Ser” que le ordena a alguien que pregunte a los dioses el por qué
calla si él es silencio, “verbo que muta en los oídos de la inmensidad” (p.
39). Quiere convertirse en ese ser que
tenga la capacidad de salir del cuerpo y volver a él, cuando dice: “Un mundo
quiero, un ataúd donde dormitar con el humo, ir fuera y quedarme dentro…,
dentro de mí mismo” (p. 39). Pueden estos versos aludir al dominio de arcanos
mayores, de los vuelos astrales y el despertar de la conciencia del ser. Eso de
“dormitar con el humo”, puede tratarse de estar en una especie de “estado de
vigilia” entre durmiendo y despierto, de donde, según los metafísicos, se pasa
con facilidad al estado de astral. Pero mucho más cuando alude al humo, he
leído en tratados esotéricos que a los iniciados se les sugiere, para pasar a
un estado astral, que debe concentrarse en el corazón e imaginar que de él
salen “vapores esplendentes” de coloración azul violeta, y que es favorable
para el proceso de relajación mental y corporal. Así se entraría en un estado
de plena meditación. Si es así estamos ante un poeta que deja una impronta
metafísica en sus bloques poéticos y confirma lo que había sostenido antes
sobre el tipo de poesía de Rafael Román Féliz.
La dimensión metafísica
El poeta sigue en la otra dimensión en el poema “En el comienzo de los
tiempos”. Afuera está la ciudadela, la “voz fuerte que grita con furia” y un
paisaje inverosímil, de voz ilógica, de figuras que desencuentran el sentido,
con los secretos escondidos en el lenguaje. Nos trata de señalar el camino de
los secretos, más no lo devela y nos deja su paisaje de dudas.
Pero como si fuera
metafísico o gnóstico nos quiere hablar de la interpretación de los sueños, en
su poema, precisamente titulado “Interpretación de un sueño”, donde
literalmente no existe tal interpretación, sino que el poeta no sale del
inframundo donde se encuentra, donde los perros excavan los cuerpos del
silencio y uno se cree que les caen cuchillos a todos en una ciudad maldita.
En el poema
“Infortunio”, el poeta alude a la serpiente, un animal sagrado en los estudios
esotéricos, una serpiente áurea, geométrica. Esto recuerda el ritual de la
serpiente mística que hace su recorrido por la columna vertebral, superando misterios
mayores. Es un ser que tuvo un principio, quizá en el inicio de los tiempos y
que no tiene fin. Veamos: “Sé lo que soy, soy algo más pero menos explicable,
algo con principio y sin fin, geométrica serpiente que se traga su propia cola
y se hunde en mi cavidad ósea” (p. 53).
El síndrome de la lógica
En un texto escrito anteriormente dije que la lógica científica no era
la misma que la lógica de la poesía. A lo largo de los poemas de Rafael Román
Féliz confirmo una antilógica lingüística que bien puede tratarse de la lógica
de la poesía de este autor que rompe los parámetros de coherencia para
describir y hurgar en paisajes inescrutables, donde la metáfora supera la
lógica de la metáfora misma. Donde los caminos de los lenguajes bifurcados
señalan, describen, cuentan de esos paisajes oníricos o aquellos que habitan en
el subconsciente freudiano. En un verso
del poema “Palabra Onírica” se revela. “Soy una cuerda irracional, un puente a
mitad de lo no iluminado, es la esquina rota del día” (p. 52). Esa cuerda
irracional bien puede aludir al lenguaje poético utilizado o, por supuesto, al
ser mismo, al ser poético. Pero todo esto no son más que abstracciones, juicios
de interpretación dado la complejidad del corpus text.
Entiendo que sólo así
el poeta puede dibujar el caos, el ostracismo, el confinamiento de esas
imágenes que intentan explicar ese ser fraguado en un mundo sin sonidos. Existe
un síndrome de la lógica, una enfermedad, que solo por esa vía podremos acceder
a esos espacios poéticos, corriéndose el riesgo de tender sábanas oscuras sobre
el lenguaje. En este caso, el poeta se convierte en ese demiurgo, en ese ser
hacedor y transgresor, en repentista y arquitecto. Acude a su memoria
intelectual, a su memoria onírica y se duplica; construye un ser alterno a
quien le habla y de quien habla. Construye otros seres habitantes de las
regiones que describe.
La poesía hermética
La poesía de Rafael Román Féliz
en Insonoro verbo es etérea y
hermética. Las palabras describen paisajes de su realidad otra, pero sugiere
otros paisajes que no están expuestos en el lenguaje, son lo que habitan en la
imaginación del autor, el cual no le permite acceso al lector. Esos son más
inverosímiles, más retadores para campos expresivos: son herméticos. Admite que
transita sobre pasos andados por otros, exégetas que anduvieron en esas
regiones buscando en los registros: “… ando entre las pisadas de alguien que
vino primero, un exégeta de la lobreguez, descorchando el mito maldito que hace
oscurecer a los hombres” (p. 55). Es quien busca la verdad sobre los males de
la humanidad, lo que la hace “oscurecer”. Es uno de los principios de la
poesía, convertirse en un medio para la búsqueda de la verdad, cosa que sería
la aspiración de la filosofía pura basada en métodos más objetivos. O quizá
sería tarea de la metafísica de la cual también he expresado que ha venido
perdiendo terreno en el pensamiento posmoderno.
Mientras
tanto, el poeta sin fe y con un pensamiento existencial sobre la duda, que
siendo ella misma, la espera para poder ser. El poeta es el verbo, con la duda
de que “quizá el universo mismo en su etérea convicción de expandirse a la nada
creó una inteligencia” (p. 55).
La irrealidad del poeta
Solo en el poema Etéreo verbo el
poeta describe de forma literal que vive una irrealidad, lugar donde no es
feliz, que se ha convertido en disidente de la realidad misma, donde interpreto
que hace alusión a posibles reencarnaciones, que están dentro de ataúdes donde
duermen los olvidados: “¡Profano los ataúdes donde duermen los olvidados, el
eterno canto escapado al primer día de los siglos, mis nombres, todos mis
nombres tras de mí, sí, mis tantos nombres tostados, una pira que arde
eternamente!” (p. 55).
Las
posibles reencarnaciones también pueden apreciarse en este párrafo donde alude
a cadáveres que va dejando en cada muerte. “Todo lo que me pertenece se
convierte en algo que ancla en la hondura más espesa, un incesante rezago que
desentierra los cadáveres que he ido dejando en cada muerte” (p. 67).
La
duda, que anuncia la posibilidad del ser, la ansiedad que surge previo a toda
autorrealización, catarsis o transmutación, avizora el triunfo del “áureo
florecer”. Pero ¿desde qué punto de vista lo lograría el autor-poeta? Sin duda
alguna, desde la poesía: “¡La poesía solo me hace dueño de las cosas
abstractas, no tan lejos de mi origen está el que nacerá por mí” (p. 56).
En
esa irrealidad que vive el poeta no puede mirar más allá, admite que está en
una estancia onírica. En su génesis vive en lo abstracto de lo cual él es
dueño. O sea, que el domina el sueño, está consciente en el sueño, cercano a la
poesía: “No puedo mirar más allá y ver lo sólido, lo plano y pulcro se ubican
en la onírica, estancia en que mis pies escupen mi vejez” (p. 57). Todo bien
hasta que dice “mis pies escupen mi vejez”. Es en esos tiempos de frases o
imágenes donde el poeta deja una ventana a un posible arcano o la ilogicidad lingüística.
Pero,
volviendo al paisaje onírico, donde todo sucede, como que “las voces de la
lluvia toman el mundo”, “las ratas trepan a las ciudades”, “donde el alba es la
muerte”, “las nubes que escupen colores mustios” y “los cordeles son utopías
que conectan con el sol…”. Fuera de ese lugar sucumben las ciudades, piedras
sobre piedras, existe fornicación, parafilia…, hay un desastre. Es como si
estuviéramos ante la destrucción de Sodoma y Gomorra, pero bien podría
simbolizar la descripción de un salto intuitivo del principio y fin de las
cosas, ya que el poema precisamente es titulado como Génesis: “Grito a la nada,
y desde la ventana de un barco de papel observo cómo sucumben las ciudades
piedras sobre piedras” (p. 58).
Como
coincidencia bíblica, el poeta después de titular el poema “Génesis” sigue con
otro llamado, “Destierro”. Pero en este caso es diferente al hacer una analogía
con el texto bíblico, pues el destierro no es más que la descripción del vacío:
“El vacío me clama, y el embrión del tiempo se diluye en su vientre mesomorfo”
(p. 59). A ese vacío el poeta le teme cuando dice: “No quiero irme, viajo al
arpa del nunca jamás…” (p. 59). Es como viajar a la muerte, la cual quiere
subvertir, y se pregunta: “¿Cómo no rompo la escarcha del principio y hago que
la muerte no ocurra al final?”. Piensa que puede vencer la muerte, quizá porque
ya la conoce. Estos versos lo revelan: “Uno sabe que ha muerto cuando las
preguntas se multiplican y el frío es el único clima al abrir los ojos”. (p.
59).
La
irrealidad del poeta es esa realidad que trae la poesía transmutada, el otro
lado onírico de paisajes inverosímiles, magia, existencia, duda, búsqueda,
irracionalidad, construcción del ser y búsqueda de libertad a través de la
búsqueda de la verdad.
La intuición manifiesta.
Como se sospecha el poemario Insonoro verbo, para ser escrito no pudo
haberse pensado. Quizá el título despierta la chispa poética. Lo primero es que
el poeta pone cerrojos a la realidad, se produce la catarsis y las palabras
empiezan a fluir. Ese fluir es angustiante, arriesgado y hasta tormentoso. De
no ser así no hubiera logrado el poema, ya que el libro es un solo poema que ha
salido de la misma fuente, de la misma fragua. Esa fragua está en la intuición:
“Sospecho no ser ese ser idéntico a mí mismo, aunque delante de mi intuición la
ciencia me resulta irreconocible, material que inflama, parquedad que se crece”
(p. 63). Se reconoce en su propia transmutación, en la otredad. Y ya no es el
mismo. Para escrutar sus mundos internos o los que existen en el lado onírico,
para aproximarse a la poesía necesariamente usa como herramienta la intuición y
empezar a dudar ante la vastedad de los mundos que se abren. Es ahí que empieza
el desgarre, la ansiedad, la inquietud del poeta, porque sin esa inquietud no
hay revelación, se pueden perder los caminos que lo conducen a la
autorrealización, a la conquista de la luz ansiada, a la consumación del ser
frente a la poesía. Esto lo haría bajo un estado de sueño, dormido, en el
astral, “adherido a la densidad de la materia”, como cuerpo metafísico. El
poeta lo revela de la manera siguiente: “Dormir, adherirme a la densidad de la
materia, tomar el soplo de la intuición y dudar, degradarme y sucumbir a un
deseo mordaz de estar en todo, detrás de todo, cuando nadie vea que se existe”
(p. 80).
El
poeta se degrada y sucumbe a un deseo mordaz. Si pasa esto el camino de la
autorrealización no está garantizado, pues según la lógica esotérica, el ego
del deseo debiera ser controlado ante la conquista del ser, en este caso del
ser poético.
Al
poeta la intuición lo ha llevado por las regiones que describe, ha subido a los
planos donde se elabora el pensamiento y por medio de las palabras ha creado su
realidad dentro de una sub-realidad que en todo caso está localizada en los
planos mentales de la imaginación.
La muerte como aproximación a la
poética del autor
En el principio sustentábamos que
los paisajes descritos por el poeta estaban en un lugar onírico o la muerte.
Pero ¿qué es la muerte para el poeta? En el prólogo del texto el autor se
pregunta ¿Qué idioma se habla más allá de los portales de la muerte? Es una
pregunta para contestar a lo largo del poemario. El poeta nos habla de la
muerte. En el poema “Interregno” nos dice: “Hablo de lo que puedo tocar y
hacerlo parte de mí, de la muerte en mis alas saltando al viento” (p. 17). Pero
quizá no se refiera a la muerte como tal sucede, sino otro tipo de muerte, como
si fuera el sueño o un paisaje alucinante. No olviden, muchos suelen comparar
el sueño con la muerte, incluso dicen, “el sueño de la muerte”. Para él la
muerte es: “Y si digo muerte todo es cerrar de ojos, callar de risas, invertir
instantes y sentir la inmensa culpa” (p. 18). La muerte es cerrar los ojos, ya
sea a voluntad para otear en mundos de la imaginación o sumirse en el sueño.
Pero más que cerrar los ojos a voluntad para entrar a paisajes de meditación,
el poeta no le deja dudas al lector y declara que se trata de un sueño al que
nombra y quiere acudir: “Quiero soñar y suplantar la lluvia, hacer su oficio y
borrar con mis nombres la memoria de todos mis días” (p. 18). Quiere soñar para
convertirse en un ser torrencial que borre toda su memoria.
Para
el poeta la muerte está allá, afuera, hecha esperma. Y nos revela de forma
pasmosa y suicida, para convertirse en lluvia que es quien lo arrasará todo:
“Trago el esperma de la muerte, el éter invisible derramado en su hoz
taladradora de iris, algo malo sucederá” (p. 19). Y sucede lo malo, la hoz hace
su trabajo y trajo la lluvia. Y ya las palabras del poeta “…salen como huesos
torcidos, restos de un animal muerto” (p. 20).
Ese
acto suicida llevó al poeta a las regiones del averno porque “Se ha roto el
péndulo moral”, y lo revela en el poema que le sigue a la “Inversa lluvia”, el
cual titula “In-verso”. Describe que allí: “Era todo silencio cuando las hojas
secas corrían calle abajo, vacilantes almas que fluctuaban enrojecidas” (p.
20). Allí “asalta un ingrávido silencio”, y “… solo una palabra para nombrar
todo lo que se vuelve ruina” (p. 21).
“Entonces
la muerte”, es un poema donde describe con más propiedad la muerte: “Madre del
polvo y mensajera del olvido, tu hábitat es tras la luz”, “Eres el estandarte
que un día ondeará mis huesos, veleta silenciosa”, “Eres la eternidad y la
eternidad nació contigo” (p. 87). Este
poema es uno de los más comunicativos en el texto, describe el concepto de la
muerte con imágenes contrastables para el imaginario de cualquier lector, pues
no es más que una paráfrasis del sentido de la muerte al cual se puede acceder
desde una dimensión cultural cuando utiliza los vocablos y frases como: polvo,
olvido, tras la luz, veleta silenciosa, eres la eternidad, unes tu ser a la
nada, entre otras.
El punto final
Si hasta ahora los poemas de
Rafael Román Féliz en Insonoro verbo
nos habían aproximado a regiones oníricas, de la muerte o del éter, en el poema
“Inverosímil Estancia” el poeta revela formalmente estados de alucinaciones. Lo
hace con una poesía de significados opuestos, un oxímoron de mucha fuerza y un
texto donde se resumen los sentidos de la luz, las sombras, la muerte y el
desdoblamiento del poeta: “Una lámpara crece apagada alumbrando el ataúd,
vierte su oscuridad entre mis alucinaciones más premeditadas” (p. 91).
Rafael
Román Féliz es un poeta de hondura, capaz de auscultar las regiones más
insondables de la imaginación. El autor corre riesgos lingüísticos quizá porque
el torrente intuitivo es tan desbordante, tan desafiante que dispersan palabras
y lenguajes.
Estamos
ante un escritor de basta inteligencia para rondar las regiones del
subconsciente humano, de llegar a la ontogenia del ser, y como todo demiurgo
capturar la magia de esos espacios, los secretos y el áureo florecer de la
poesía.