lunes, 18 de agosto de 2025

La poesía interior de Aristófanes Urbáez

En el libro El Ideal Interior: teoría estética y creación literaria (2005) de Bruno Rosario Candelier, encontramos una serie de poemas y cuentos de autores que forman parte del Movimiento Interiorista. Fijaré mi atención en un solo autor, es más, en uno solo de sus poemas. Se trata de Aristófanes Urbáez y el poema “Esos ojos”.

            Entre tantos textos de “hondo aliento” que existen en la antología, ustedes se preguntarán porqué quien escribe se fija precisamente en ese poema. Bueno, la respuesta no la voy a tardar. Primero es el único poema en toda la antología que está escrito en forma de poesía prosada que no es lo mismo que prosa poética, y coincide que mis últimos tres libros escritos están presentados de esa manera: uno de ellos está publicado y se llama Paraísos de la Nada. Segundo, el autor —aunque nacido en Santo Domingo— vivió su niñez en Vicente Noble, localidad del sur de la República Dominicana, región de donde es mi origen. Tercero, el tema del poema, es precisamente los ojos con el cual me identifico mucho. Cuarto, por la gran calidad artística que demuestra el poeta al escribirlo.

Poeta Aristófanes Urbáez

El texto

Aquí no creo que haya espacio para las teorías estéticas, para las corrientes de pensamientos sobre el arte, para pescar en la ontogénesis del poema y del poeta. No, no creo que haya espacio. Tampoco creo que haya espacio para hacer una apología, una sistematización de conocimientos y pareceres porque entonces, la verdad es mis queridos lectores que el naufragio podría ser inminente.

            Por eso, sólo trataré de dejarme ir por donde van mis pensamientos y el sonido de mis dedos en el teclado. Estoy tratando de fluir como creo que lo hiciera Aristófanes Urbáez en su poema “Esos ojos”. Recuerdo ahora un gran poema de Gabriel Celaya, “Poesía urgente”, cuando en sus versos se levanta lo siguiente: No es una poesía gota a gota pensada / no es un bello producto / no es un fruto perfecto”.  Al leer el poema “Esos ojos” tuve la impresión de que esa poesía no fue gota a gota pensada por el autor, que salió en un momento de comunión con su interior, donde, como dice Rosario Candelier fue a “auscultar” toda la plenitud que devuelve la mirada. Esos ojos hablan un idioma sin códigos ni signos y sin sonido dice secretos. Eso es una maravilla, es como si pudiera escuchar la esencia primigenia del sonido, antes de producirse, como si pudiera captar los efluvios que preceden al sonido, y entonces crea un mundo de imágenes para que en un momento pase lo siguiente: Asoma a tus pupilas esa gaviota presa”, que en su “vuelo de espera atraviesa deseos y aleluyas”. Para captar esas sensaciones y crear imágenes el poeta tuvo que sufrir una catarsis y atrapar todos los conceptos del mundo para conformar esas imágenes, y poder trasmitirlas. Y se pregunta ¿es vigilia o sueño? Ahí entraron los pájaros de la duda, de la indefinición de su identidad. Y entonces proclama de manera determinante: “El pensamiento es sueño”. El pensamiento habrá de suceder en un estado consciente, pero la imagen era percibida tan conscientemente que el sueño que creó la imagen ya se había trasmutado en pensamiento.

Reflexiones

El poeta tenía definición en esos ojos, es como dijera el gran poeta Miguel Hernández en el libro Imagen de tu huella (1934). “Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos”. Aristófanes Urbáez dice: “A través de tus ojos soy tú en mí hoy sin mañana”.  Es una consumación de dos en uno, es la unión de todos los campos estéticos encontrados en esos ojos. Después, en el poema se puede leer: 

“Tus ojos son espejos que reflejan siluetas de los peces dormidos en tu cuerpo”. Y “Tus ojos me dicen la historia de Ángeles suicidas que queman tus adentros”.

            No puede haber más belleza, se rezuma un campo multívoco, capaz de producir imágenes sucesivas hasta el infinito, “esos peces dormidos”, “esos Ángeles suicidas”, nos dicen tantas cosas, tantas imágenes vuelan y conmueven y nos retuercen y nos duermen y nos queman. Les sugiero que no piensen, no le busquen la “quinta pata al gato”; sientan el poema, es mejor, y después digan todo lo que quieran, aunque digan lo mismo que digo yo. “Mientras tú tengas ojos yo desfloro los misterios”. Este es otro verso que rescato, es la consumación del mago, del taumaturgo, del maestro, del que vence los misterios desflorándolo, con ese ímpetu de rebeldía que en la vida real muestra el autor con sus actos críticos y rabias humanas, por sus maneras de roer la mediocridad, la injusticia y la inmoralidad.

            En fin, aunque con visos de eclecticismo en el análisis en cuanto a la selección de los versos, ellos mismos me trazaron la ruta para encontrar en “Esos ojos” a un poeta que tiene tantos mundos que arrojar a través de la poesía, que, reconociéndolo, no escribiera estas líneas, que me han surgido como un acto de efluvio, sin pausa, sin redondillas, sin que sean gota a gota pensadas, sino ciertamente conmovido.

           Leamos el poema de Aristófanes Urbáez.



 Esos ojos

1). Me hablan un idioma sin códigos ni signos. Sin sonido, una voz me dice tus secretos. De unos muros que tu ilusión creó para encerrar una gaviota herida por arqueros de Febo. Son muros que me aplastan para salvar tu muerte. Que es como si dijeras un “no” en vocablo de fuego. Asoma a tus pupilas esa gaviota presa. ¿Es vigilia o es sueño? En su vuelo de espera, tu gaviota atraviesa deseos y aleluyas. El pensamiento es sueño. Y el sueño se vuelve pesadilla cuando un quijote lúcido hace de cancerbero. ¿Por qué vives, quijote?, ¿consumiendo su cielo? Sólo ese amor ¡Oh, alado y fiel espectro! / ha podido vencer distancias / sortilegios.

2). Tus ojos no son ojos. Son dos lenguas en un abecedario largo que es corto para tu nacimiento. A través de tus ojos soy tú en mi hoy sin mañana. Soy y te recupero. Más que nido de fábulas, tus ojos son espejos que reflejan siluetas de los peces dormidos en tu cuerpo. Son pájaros chillones que me obligan a espiarte mientras tú te deslizas por riberas de ensueños. Tus ojos me dicen la historia de Ángeles suicidas que queman tus adentros.

3). Tus ojos infidentes. Son agentes que descifran códices submarinos. Papiros donde suelo leer dulces secretos. Capítulos no escritos en in tenue alfabeto desde tu nacimiento. Tendencias indiscretas de tu espíritu. Leo. Mientras tú tengas ojos yo desfloro los misterios.

 

 

viernes, 15 de agosto de 2025

El poemario Insonoro verbo de Rafael Román Féliz

 De entrada

Insonoro verbo fue el poemario ganador del Premio Único de Poesía del concurso literario que auspicia la Fundación Global, Democracia y Desarrollo -FUNGLODE-, 2019. El libro fue escrito por Rafael Román Féliz, quien obtuvo en el 2016 el Premio de Poesía Joven de la Fundación Cultural Lado B con Diccionario para ociosos y el Premio Joven de Poesía de la Feria del Libro en 2019 con Brevedad del Infinito. Es psicólogo clínico y pertenece a la Policía Nacional.

                El poemario está dividido en dos bloques. El primero, “Premonición del verbo insonoro”, que consta de ocho poemas donde se incluye: “La insólita raíz”, “Interregno”, “Inversa lluvia”, “In- verso”, “La vida”, “Geómetra”, “Perpetuo hastío” y “Precoz locura”. El segundo bloque, que intitula “Retorno a la incertidumbre”, el autor presenta treinta y un poemas, donde se destacan: “Incertidumbre”, “Origen”, “El comienzo de los tiempos”, “Metamorfosis”, “Voces”, “Ambigüedad”, “Tránsito”, entre otros. Están escritos en forma de poesía prosada y aparece un verso escrito a pie de página. El autor toma todos esos versos del pie de página y elabora un poema final con treinta y nueve versos.

                En la contraportada del libro dice: “Insonoro verbo es un poemario concebido a partir de abigarrados y desafiantes bloques textuales prosados, que permiten una lectura atenta por su hondura ontológica”. Y ciertamente, estamos ante unos poemas que su lectura provoca un gran desafío, por la construcción del discurso poético, la profunda imaginación expresada, la carga filosófica y metafísica que posee. Ante esta situación, la aventura del lector es provocante en algunas ocasiones y en otras la provocación se vuelve un desafío. En tanto, se descubre el duelo entre el arte y los sentidos que expresa el texto.

                                  

¿Dónde se encuentra el insonoro verbo?

 Como en otras ocasiones en este caso de Insonoro verbo, deseo analizar el título que identifica al libro. De hecho, está compuesto por dos palabras: insonoro y verbo. Dos palabras asociadas con el sonido, las vibraciones y el movimiento. En la palabra insonoro, alude a la ausencia de sonidos, y verbo, a acción y movimiento. Todo uso del verbo en los textos supone ese núcleo de la acción. Y toda acción es movimiento. El movimiento supone cierta vibración. Todo vibra, se ha llegado a decir y toda vibración produce, ondas, sonidos. Por eso hay quienes entienden que el mundo es sonido y otros más poéticos y contemplativos aseguran que todo es música.

                Ahora bien, ¿dónde puede existir un verbo que no sea capaz de producir movimiento, de generar catarsis, transformaciones?  Sí, existe en un lugar para el autor, allí donde se produce un estado poético, que puede estar en un mundo tetradimensional o en un páramo onírico o la muerte misma. Que puede estar en el lejano subconsciente del poeta, donde el verso es la casa “con su patio de infinitos”. Pero para llegar allí debe poseerse una condición especial, donde el poeta pueda hundirse sobre el verso: “El eterno don de hundirse sobre el verso, letras vertidas en miles de origamis pastoreados por un escriba ciego…” (p. 15).

                En medio de todo, hay que fluir, dejarse llevar, en el inicio de los tiempos, en el preciso momento en que la imagen es capaz de crear: “Fluir en la secreción del alba derramada en el tiempo, como una imagen que detona una forma, una figura plana o convexa, una deidad deforme” (p. 15). Esa imagen que multiplica las formas trae consigo a una deidad deforme. Aquel dios que ha salido del estallido es al que tiene que entregarse el poeta, que es parto de la nada, de la ausencia. Un dios que está en un “reflujo onírico”. Un poeta o criatura que en sus sueños es asediado por animales nocturnos y aspira a emerger de esa deidad y tragar su sangre. Es ahí cuando viene la confusión en ese mundo donde se alucina, donde hay una búsqueda del yo. En esa génesis el poeta expresa: “Me deconstruyo, soy polvo tan tangible al parto de la ausencia que me despierta y me mece en sus brazos y me llama hijo en un reflujo onírico” (p. 15).

                En el poema “Interregno” y en todos los poemas encontramos a un poeta que tiene por torrente las palabras, las cuales deja salir, unas veces con cargas metafóricas y figuras capaces de subvertir los sentidos, orillando al lector a lagos profundos de donde salen las más insólitas figuras e imágenes, como: “Una montaña de ataúdes”, un “cuervo volviéndose humo y espuma a la vez”, “cadáveres y reinos convertidos en pisadas de cenizas”, “… paralelas palpitaciones fijadas en las fisuras de su embarazo de óxido”, entre otras. 

La región etérea

¿A cuál región remota nos convoca el autor de Insonoro verbo? ¿Está ubicada de este lado de la realidad o es un habitante de mundos que solo él puede anidar a partir de su experiencia onírica, esotérica o metafísica? El poeta nos da una pista en el prólogo, nos presenta a un ser dual y uno de ellos está en la región de los registros akáshicos. En teosofía, estos registros, son memorias etéreas de todas las manifestaciones del universo, donde se plantean las técnicas para “sanar o liberar el karma” —tema que ha sido tratado por Helena Blavatsky— y estudiado por Carl Jung con teorías del inconsciente colectivo, y vista también, desde la física cuántica. 

                Nos comenta el autor que el texto es “Un esfuerzo gramático que pretende hacerse notar con su caudal de no sonidos, capaces de impresionarnos con sus constantes golpes de lúgubre mudez” (p. 11), aunque a lo largo del poema se perciben fuertes vibraciones, sonidos, aleteos: “donde se ensordecen las palabras” (p. 22), “un grito que se avienta desde las frías lápidas que saltaron al otro mundo” (p. 26), entre otros tantos.

                En ese lugar etéreo de referencia en los estudios gnósticos, donde existen tantas posibilidades y arcanos herméticos. Esos versos emergen de la incertidumbre, vienen en bloques poéticos con una carga desafiante, con un vértigo de imágenes de hondura y significación mítica y mística. Esa es la región del verbo que es puesta en tinta sobre el papel. En ese lugar encontramos la “Inversa lluvia” donde se pueden “tocar los techos torcidos de insonoros truenos infinitos” (p. 19), donde los pájaros hacen la lluvia: “Mirar los pájaros encima del universo en su actitud humedecida, no hacen el amor, hacen la lluvia” (p. 19).

 Locura y consumación.

 En el poema “Precoz locura”, que es el último del primer bloque, ya el poeta nos habla de la consumación “… me he consumado, ya lo he hecho y dicho todo” (p. 30). Pero, ¿cómo lo ha hecho? Pasa por una metamorfosis: “Mis puños se han ido con las aguas, se hacen yeso…” (p. 29), tiene la sensación de estar partido en dos y no puede verse el otro lado del cuerpo. Entonces, viene el conflicto del origen, “¿de dónde soy?, ¿quién hizo en el barro estos agujeros por donde mi voz germina?” (p. 29). Y reconoce que se ha convertido en un ser capaz de “succionarle el pecho a la muerte”, el que desea no dormir y ser ese demiurgo miserable, hacedor de mundos; un mago, quizás un mago negro, que fue arrojado a los infiernos y su nombre, cual mantra está ligado a todas sus desgracias.  Aquí se produce un diálogo ente la locura y la arrogancia, donde la locura, hija de la irrealidad, expresa que las cosas reales duelen.

                El poeta revela un ser encarnado y aunque ha supuesto una premonición del verbo, niega que le guste predecir. En ese cuerpo puede apreciar “la abertura del tiempo y el espacio” (p. 29). Y en ese lugar divaga entre las sombras, avistando del otro lado: “la vida y sus naufragios”. Afirma que “Si la muerte es la vida, las palabras nunca sucedieron” (p. 30).

 Retornar a la incertidumbre.

 De hecho, hasta ahora hemos asistido a actos de perplejidades en los poemas del bloque “Premonición del verbo insonoro”. Hemos andado por mundos de irrealidades y entrado a otras regiones donde el poeta se construye y se describe en un hábitat de otra realidad. Una realidad onírica, donde se aprecian criaturas insólitas, la vida naciendo bajo piedras fosilizadas y la memoria es una casa deshabitada. Retornar a la incertidumbre sugiere que pasamos por ella, donde se generaron inquietudes. Y ciertamente, en el primer bloque de poemas, asaltan las inquietudes sobre las regiones a las cuales nos adentra el autor, las descripciones de lugares y alteridad del poeta. A veces nos lanza a zonas insólitas de la imaginación y el lenguaje, donde es difícil la penetración, llegando el lector a verse frente a frente con cortinas de perplejidades. Esto sucede por lo inescrutable que son esas regiones, por lo desafiante que son, como lo expresara anteriormente. Ahora bien, el poeta en algún momento del texto revela que por esos caminos conducen a la poesía y que va por ella para desnudarse: “No hago camino que desnudo, ese es el camino de la poesía, yo voy a ella para desnudarme” (p. 24).

                Ahora iremos a otras regiones, hay que retornar a la incertidumbre, pero para eso el poeta sugiere otro nacimiento, que puede ser el primero: “He nacido luego de todo el silencio que sorteó los mares y vino a las orillas y esperó la vida en un dominio oscuro y humedecido, una milenaria afonía…” (p. 33).

                En el poema “Origen” el poeta nos arrima a un paisaje desconcertante, ¿Será a la región de los registros akáshicos?

                Trepado a un zumbido, viaja en una especie de vuelo astral a ese lugar de “sueños olvidados”, colocado en una especie de submundo o inframundo, debajo de estalactitas, donde el tiempo deja de tener sentido, poblado de un carnaval de muñecas sin extremidades y mariposas suicidas, donde hacen falta los colores y las pisadas. Un lugar donde todo está muerto, con la certeza de que “si desangro el verbo del auxilio y no callo, es seguro que los brillantes volverán, ya nada será cierto” (p. 38). Y será la hora de la perplejidad y del retorno a la incertidumbre. 

                El desdoblamiento está expresado en el siguiente ejemplo del poema Inadvertido: “¿Temo al sujeto que vive en mí, el sujeto que sale de mí, del temple iracundo que me habita? A veces converso con él, insolente ebrio habla de lo que no hablo y mira lo que despierto no deseo mirar” (p. 69).

 Dormitar con el humo

 Pero ese verbo no es pronunciado, se resiste a la incertidumbre para construirse como ser. El poeta ha callado en ese momento, en ese lugar. Es en el poema “Ser” que le ordena a alguien que pregunte a los dioses el por qué calla si él es silencio, “verbo que muta en los oídos de la inmensidad” (p. 39).  Quiere convertirse en ese ser que tenga la capacidad de salir del cuerpo y volver a él, cuando dice: “Un mundo quiero, un ataúd donde dormitar con el humo, ir fuera y quedarme dentro…, dentro de mí mismo” (p. 39). Pueden estos versos aludir al dominio de arcanos mayores, de los vuelos astrales y el despertar de la conciencia del ser. Eso de “dormitar con el humo”, puede tratarse de estar en una especie de “estado de vigilia” entre durmiendo y despierto, de donde, según los metafísicos, se pasa con facilidad al estado de astral. Pero mucho más cuando alude al humo, he leído en tratados esotéricos que a los iniciados se les sugiere, para pasar a un estado astral, que debe concentrarse en el corazón e imaginar que de él salen “vapores esplendentes” de coloración azul violeta, y que es favorable para el proceso de relajación mental y corporal. Así se entraría en un estado de plena meditación. Si es así estamos ante un poeta que deja una impronta metafísica en sus bloques poéticos y confirma lo que había sostenido antes sobre el tipo de poesía de Rafael Román Féliz.

 La dimensión metafísica

 El poeta sigue en la otra dimensión en el poema “En el comienzo de los tiempos”. Afuera está la ciudadela, la “voz fuerte que grita con furia” y un paisaje inverosímil, de voz ilógica, de figuras que desencuentran el sentido, con los secretos escondidos en el lenguaje. Nos trata de señalar el camino de los secretos, más no lo devela y nos deja su paisaje de dudas.

            Pero como si fuera metafísico o gnóstico nos quiere hablar de la interpretación de los sueños, en su poema, precisamente titulado “Interpretación de un sueño”, donde literalmente no existe tal interpretación, sino que el poeta no sale del inframundo donde se encuentra, donde los perros excavan los cuerpos del silencio y uno se cree que les caen cuchillos a todos en una ciudad maldita.

            En el poema “Infortunio”, el poeta alude a la serpiente, un animal sagrado en los estudios esotéricos, una serpiente áurea, geométrica. Esto recuerda el ritual de la serpiente mística que hace su recorrido por la columna vertebral, superando misterios mayores. Es un ser que tuvo un principio, quizá en el inicio de los tiempos y que no tiene fin. Veamos: “Sé lo que soy, soy algo más pero menos explicable, algo con principio y sin fin, geométrica serpiente que se traga su propia cola y se hunde en mi cavidad ósea” (p. 53).

 El síndrome de la lógica

 En un texto escrito anteriormente dije que la lógica científica no era la misma que la lógica de la poesía. A lo largo de los poemas de Rafael Román Féliz confirmo una antilógica lingüística que bien puede tratarse de la lógica de la poesía de este autor que rompe los parámetros de coherencia para describir y hurgar en paisajes inescrutables, donde la metáfora supera la lógica de la metáfora misma. Donde los caminos de los lenguajes bifurcados señalan, describen, cuentan de esos paisajes oníricos o aquellos que habitan en el subconsciente freudiano.  En un verso del poema “Palabra Onírica” se revela. “Soy una cuerda irracional, un puente a mitad de lo no iluminado, es la esquina rota del día” (p. 52). Esa cuerda irracional bien puede aludir al lenguaje poético utilizado o, por supuesto, al ser mismo, al ser poético. Pero todo esto no son más que abstracciones, juicios de interpretación dado la complejidad del corpus text.

            Entiendo que sólo así el poeta puede dibujar el caos, el ostracismo, el confinamiento de esas imágenes que intentan explicar ese ser fraguado en un mundo sin sonidos. Existe un síndrome de la lógica, una enfermedad, que solo por esa vía podremos acceder a esos espacios poéticos, corriéndose el riesgo de tender sábanas oscuras sobre el lenguaje. En este caso, el poeta se convierte en ese demiurgo, en ese ser hacedor y transgresor, en repentista y arquitecto. Acude a su memoria intelectual, a su memoria onírica y se duplica; construye un ser alterno a quien le habla y de quien habla. Construye otros seres habitantes de las regiones que describe.

 La poesía hermética

 La poesía de Rafael Román Féliz en Insonoro verbo es etérea y hermética. Las palabras describen paisajes de su realidad otra, pero sugiere otros paisajes que no están expuestos en el lenguaje, son lo que habitan en la imaginación del autor, el cual no le permite acceso al lector. Esos son más inverosímiles, más retadores para campos expresivos: son herméticos. Admite que transita sobre pasos andados por otros, exégetas que anduvieron en esas regiones buscando en los registros: “… ando entre las pisadas de alguien que vino primero, un exégeta de la lobreguez, descorchando el mito maldito que hace oscurecer a los hombres” (p. 55). Es quien busca la verdad sobre los males de la humanidad, lo que la hace “oscurecer”. Es uno de los principios de la poesía, convertirse en un medio para la búsqueda de la verdad, cosa que sería la aspiración de la filosofía pura basada en métodos más objetivos. O quizá sería tarea de la metafísica de la cual también he expresado que ha venido perdiendo terreno en el pensamiento posmoderno.

            Mientras tanto, el poeta sin fe y con un pensamiento existencial sobre la duda, que siendo ella misma, la espera para poder ser. El poeta es el verbo, con la duda de que “quizá el universo mismo en su etérea convicción de expandirse a la nada creó una inteligencia” (p. 55).

 La irrealidad del poeta

 Solo en el poema Etéreo verbo el poeta describe de forma literal que vive una irrealidad, lugar donde no es feliz, que se ha convertido en disidente de la realidad misma, donde interpreto que hace alusión a posibles reencarnaciones, que están dentro de ataúdes donde duermen los olvidados: “¡Profano los ataúdes donde duermen los olvidados, el eterno canto escapado al primer día de los siglos, mis nombres, todos mis nombres tras de mí, sí, mis tantos nombres tostados, una pira que arde eternamente!” (p. 55).

            Las posibles reencarnaciones también pueden apreciarse en este párrafo donde alude a cadáveres que va dejando en cada muerte. “Todo lo que me pertenece se convierte en algo que ancla en la hondura más espesa, un incesante rezago que desentierra los cadáveres que he ido dejando en cada muerte” (p. 67).

            La duda, que anuncia la posibilidad del ser, la ansiedad que surge previo a toda autorrealización, catarsis o transmutación, avizora el triunfo del “áureo florecer”. Pero ¿desde qué punto de vista lo lograría el autor-poeta? Sin duda alguna, desde la poesía: “¡La poesía solo me hace dueño de las cosas abstractas, no tan lejos de mi origen está el que nacerá por mí” (p. 56). 

            En esa irrealidad que vive el poeta no puede mirar más allá, admite que está en una estancia onírica. En su génesis vive en lo abstracto de lo cual él es dueño. O sea, que el domina el sueño, está consciente en el sueño, cercano a la poesía: “No puedo mirar más allá y ver lo sólido, lo plano y pulcro se ubican en la onírica, estancia en que mis pies escupen mi vejez” (p. 57). Todo bien hasta que dice “mis pies escupen mi vejez”. Es en esos tiempos de frases o imágenes donde el poeta deja una ventana a un posible arcano o la ilogicidad lingüística. 

            Pero, volviendo al paisaje onírico, donde todo sucede, como que “las voces de la lluvia toman el mundo”, “las ratas trepan a las ciudades”, “donde el alba es la muerte”, “las nubes que escupen colores mustios” y “los cordeles son utopías que conectan con el sol…”. Fuera de ese lugar sucumben las ciudades, piedras sobre piedras, existe fornicación, parafilia…, hay un desastre. Es como si estuviéramos ante la destrucción de Sodoma y Gomorra, pero bien podría simbolizar la descripción de un salto intuitivo del principio y fin de las cosas, ya que el poema precisamente es titulado como Génesis: “Grito a la nada, y desde la ventana de un barco de papel observo cómo sucumben las ciudades piedras sobre piedras” (p. 58).

            Como coincidencia bíblica, el poeta después de titular el poema “Génesis” sigue con otro llamado, “Destierro”. Pero en este caso es diferente al hacer una analogía con el texto bíblico, pues el destierro no es más que la descripción del vacío: “El vacío me clama, y el embrión del tiempo se diluye en su vientre mesomorfo” (p. 59). A ese vacío el poeta le teme cuando dice: “No quiero irme, viajo al arpa del nunca jamás…” (p. 59). Es como viajar a la muerte, la cual quiere subvertir, y se pregunta: “¿Cómo no rompo la escarcha del principio y hago que la muerte no ocurra al final?”. Piensa que puede vencer la muerte, quizá porque ya la conoce. Estos versos lo revelan: “Uno sabe que ha muerto cuando las preguntas se multiplican y el frío es el único clima al abrir los ojos”. (p. 59).

            La irrealidad del poeta es esa realidad que trae la poesía transmutada, el otro lado onírico de paisajes inverosímiles, magia, existencia, duda, búsqueda, irracionalidad, construcción del ser y búsqueda de libertad a través de la búsqueda de la verdad.

 La intuición manifiesta.

 Como se sospecha el poemario Insonoro verbo, para ser escrito no pudo haberse pensado. Quizá el título despierta la chispa poética. Lo primero es que el poeta pone cerrojos a la realidad, se produce la catarsis y las palabras empiezan a fluir. Ese fluir es angustiante, arriesgado y hasta tormentoso. De no ser así no hubiera logrado el poema, ya que el libro es un solo poema que ha salido de la misma fuente, de la misma fragua. Esa fragua está en la intuición: “Sospecho no ser ese ser idéntico a mí mismo, aunque delante de mi intuición la ciencia me resulta irreconocible, material que inflama, parquedad que se crece” (p. 63). Se reconoce en su propia transmutación, en la otredad. Y ya no es el mismo. Para escrutar sus mundos internos o los que existen en el lado onírico, para aproximarse a la poesía necesariamente usa como herramienta la intuición y empezar a dudar ante la vastedad de los mundos que se abren. Es ahí que empieza el desgarre, la ansiedad, la inquietud del poeta, porque sin esa inquietud no hay revelación, se pueden perder los caminos que lo conducen a la autorrealización, a la conquista de la luz ansiada, a la consumación del ser frente a la poesía. Esto lo haría bajo un estado de sueño, dormido, en el astral, “adherido a la densidad de la materia”, como cuerpo metafísico. El poeta lo revela de la manera siguiente: “Dormir, adherirme a la densidad de la materia, tomar el soplo de la intuición y dudar, degradarme y sucumbir a un deseo mordaz de estar en todo, detrás de todo, cuando nadie vea que se existe” (p. 80).

            El poeta se degrada y sucumbe a un deseo mordaz. Si pasa esto el camino de la autorrealización no está garantizado, pues según la lógica esotérica, el ego del deseo debiera ser controlado ante la conquista del ser, en este caso del ser poético. 

            Al poeta la intuición lo ha llevado por las regiones que describe, ha subido a los planos donde se elabora el pensamiento y por medio de las palabras ha creado su realidad dentro de una sub-realidad que en todo caso está localizada en los planos mentales de la imaginación.

 La muerte como aproximación a la poética del autor

 En el principio sustentábamos que los paisajes descritos por el poeta estaban en un lugar onírico o la muerte. Pero ¿qué es la muerte para el poeta? En el prólogo del texto el autor se pregunta ¿Qué idioma se habla más allá de los portales de la muerte? Es una pregunta para contestar a lo largo del poemario. El poeta nos habla de la muerte. En el poema “Interregno” nos dice: “Hablo de lo que puedo tocar y hacerlo parte de mí, de la muerte en mis alas saltando al viento” (p. 17). Pero quizá no se refiera a la muerte como tal sucede, sino otro tipo de muerte, como si fuera el sueño o un paisaje alucinante. No olviden, muchos suelen comparar el sueño con la muerte, incluso dicen, “el sueño de la muerte”. Para él la muerte es: “Y si digo muerte todo es cerrar de ojos, callar de risas, invertir instantes y sentir la inmensa culpa” (p. 18). La muerte es cerrar los ojos, ya sea a voluntad para otear en mundos de la imaginación o sumirse en el sueño. Pero más que cerrar los ojos a voluntad para entrar a paisajes de meditación, el poeta no le deja dudas al lector y declara que se trata de un sueño al que nombra y quiere acudir: “Quiero soñar y suplantar la lluvia, hacer su oficio y borrar con mis nombres la memoria de todos mis días” (p. 18). Quiere soñar para convertirse en un ser torrencial que borre toda su memoria.

            Para el poeta la muerte está allá, afuera, hecha esperma. Y nos revela de forma pasmosa y suicida, para convertirse en lluvia que es quien lo arrasará todo: “Trago el esperma de la muerte, el éter invisible derramado en su hoz taladradora de iris, algo malo sucederá” (p. 19). Y sucede lo malo, la hoz hace su trabajo y trajo la lluvia. Y ya las palabras del poeta “…salen como huesos torcidos, restos de un animal muerto” (p. 20).

            Ese acto suicida llevó al poeta a las regiones del averno porque “Se ha roto el péndulo moral”, y lo revela en el poema que le sigue a la “Inversa lluvia”, el cual titula “In-verso”. Describe que allí: “Era todo silencio cuando las hojas secas corrían calle abajo, vacilantes almas que fluctuaban enrojecidas” (p. 20). Allí “asalta un ingrávido silencio”, y “… solo una palabra para nombrar todo lo que se vuelve ruina” (p. 21).

            “Entonces la muerte”, es un poema donde describe con más propiedad la muerte: “Madre del polvo y mensajera del olvido, tu hábitat es tras la luz”, “Eres el estandarte que un día ondeará mis huesos, veleta silenciosa”, “Eres la eternidad y la eternidad nació contigo” (p. 87).  Este poema es uno de los más comunicativos en el texto, describe el concepto de la muerte con imágenes contrastables para el imaginario de cualquier lector, pues no es más que una paráfrasis del sentido de la muerte al cual se puede acceder desde una dimensión cultural cuando utiliza los vocablos y frases como: polvo, olvido, tras la luz, veleta silenciosa, eres la eternidad, unes tu ser a la nada, entre otras.

 El punto final

 Si hasta ahora los poemas de Rafael Román Féliz en Insonoro verbo nos habían aproximado a regiones oníricas, de la muerte o del éter, en el poema “Inverosímil Estancia” el poeta revela formalmente estados de alucinaciones. Lo hace con una poesía de significados opuestos, un oxímoron de mucha fuerza y un texto donde se resumen los sentidos de la luz, las sombras, la muerte y el desdoblamiento del poeta: “Una lámpara crece apagada alumbrando el ataúd, vierte su oscuridad entre mis alucinaciones más premeditadas” (p. 91).

            Rafael Román Féliz es un poeta de hondura, capaz de auscultar las regiones más insondables de la imaginación. El autor corre riesgos lingüísticos quizá porque el torrente intuitivo es tan desbordante, tan desafiante que dispersan palabras y lenguajes.

            Estamos ante un escritor de basta inteligencia para rondar las regiones del subconsciente humano, de llegar a la ontogenia del ser, y como todo demiurgo capturar la magia de esos espacios, los secretos y el áureo florecer de la poesía.

 


La poesía interior de Aristófanes Urbáez

En el libro El Ideal Interior: teoría estética y creación literaria (2005) de Bruno Rosario Candelier, encontramos una serie de poemas y cu...